lunes, 11 de febrero de 2013

EL HERBOLARIO

     
     Cada vez que entro en un herbolario, el fragante y maravilloso aroma que emana me devuelve a la infancia. Y es que antes, esos establecimientos tenían una importancia en nuestras vidas que, ahora,  parecen no tener. En la actualidad ningún crío va a estas tiendas, ya que principalmente lo que se vende ahora son hierbas y productos dietéticos, pero los niños de mi época las frecuentábamos muy a menudo.


                                    

     En mi casa, como en casi todas, había tila, manzanilla, maría luisa....en ramilletes secos colgados en la cocina o el balcón. El tomillo o el romero lo cogíamos cuando íbamos a la montaña, y las demás hierbas siempre había alguna vecina o conocida que te las regalaba, y cuando no se tenían, acudíamos al herbolario a comprarlas. A mí me encantaba tomar infusiones; incluso, en ocasiones, le mentía a mi madre diciéndole que me dolía la barriga sólo para poder tomar una humeante taza de maría luisa. 


                               

      Nosotros íbamos al herbolario de la calle Claveguera. El recuerdo que tengo de esa tienda es que era de color marrón. El mobiliario marrón, las hierbas secas en tonos amarronados, el marrón del azúcar candi y de los caramelos de miel, el marrón de los palos de regaliz, la bata marrón del herbolario Sr. Emilio......y la poca luz que alumbraba el pequeño establecimiento, también convertía en marrón lo que no era.


                                


Azúcar candi....
....regaliz....
                                                 

....caramelos de miel...
...todo marrón
                     
             
     Los críos del barrio nos encontrábamos allí para comprar esas golosinas, y cuando llegaba la verbena de Sant Joan comprábamos también los petardos. Ese día había cola en la tienda y cerraba a altas horas de la noche, ya que según se nos iban gastando los petardos, volvíamos a por más. Nunca he sabido ver la relación entre hierbas y petardos para que los despacharan en la misma tienda.



Estos petardos son los que me 
compraba yo
Las bombetas también
me divertían


         De modo que los niños visitábamos el herbolario con la misma frecuencia que los adultos, o incluso más.

       Otra cosa que comprábamos allí eran los gusanos de seda. Debían ser los únicos animales que se compraban, ya que no recuerdo haber visto tiendas donde vendieran animales cuando era niña. Por lo menos en mi barrio. Cuando alguien tenía un perro o un gato es porque algún vecino o conocido quería deshacerse de los cachorros que su propio animal había parido, y se lo había regalado.


      De modo que cuando llegaba la primavera, nos acercábamos al herbolario del Sr. Emilio a comprar gusanos y morera para alimentarlos.

     Al llegar a casa cogíamos una caja de zapatos, le hacíamos agujeros en la tapa, y los acomodábamos encima de las hojas de morera.
                    
                                              
     Podíamos pasarnos horas observando la voracidad de los gusanos al comer las hojas, cómo empezaban con una e iba desapareciendo ante nuestros ojos. Día a día los pequeños gusanos iban creciendo de tamaño y engordando. Siempre había alguno que se quedaba más rezagado en su crecimiento y acababa muriendo...


                                            
    De tanto en tanto, mi hermano Juanito y mi hermana Julia los cogían con mucho cuidado (nunca fui capaz de tocarlos, y creo que ahora tampoco), los sacaban junto con las hojas y los colocaban en la tapa mientras volcaban la caja en el cubo de basura para limpiarla de las cagadas que llenaban el pequeño habitáculo.

     Cada día, al llegar del colegio, abríamos la caja para ver si habían empezado a hacer los capullos. Los primeros en empezar se cogían los mejores rincones, claro, las esquinas de la caja. Los últimos se tenían que conformar, casi siempre, con hacerlo en la misma tapa. Muchas veces costaba abrir la tapa ya que la seda estaba enganchada en las dos partes, y había que hacerlo con  mucho cuidado para no desenganchar el capullo.

                                              
    Me gustaba observar el movimiento contorsionista de los gusanos dentro de los capullos mientras se iban encerrando, y éstos adquirían un color cada vez más amarillento a medida que espesaban. 


                                    
    Yo tenía la esperanza de que algún día saliese una mariposa de grandes alas, preciosa y de colores, como las que veía en el campo...... aunque, en el fondo, sabía que todas iban a ser de color grisáceo, con alas cortas, feas antenas y que  parecía que ni siquiera volaban.


                                        
    Una vez puestos los innumerables huevos, las desdichadas mariposas morían, y la caja de zapatos se colocaba encima de un armario a la espera de que al próximo año nacieran nuevos gusanos.

     Cosa que  nunca ocurría, ya que mi madre tiraba la caja de zapatos a la basura en cuanto nos habíamos olvidado de ella.

     Y al año siguiente volvíamos al herbolario a por más gusanos.







Fotos tomadas de internet