lunes, 11 de febrero de 2013

EL HERBOLARIO

     
     Cada vez que entro en un herbolario, el fragante y maravilloso aroma que emana me devuelve a la infancia. Y es que antes, esos establecimientos tenían una importancia en nuestras vidas que, ahora,  parecen no tener. En la actualidad ningún crío va a estas tiendas, ya que principalmente lo que se vende ahora son hierbas y productos dietéticos, pero los niños de mi época las frecuentábamos muy a menudo.


                                    

     En mi casa, como en casi todas, había tila, manzanilla, maría luisa....en ramilletes secos colgados en la cocina o el balcón. El tomillo o el romero lo cogíamos cuando íbamos a la montaña, y las demás hierbas siempre había alguna vecina o conocida que te las regalaba, y cuando no se tenían, acudíamos al herbolario a comprarlas. A mí me encantaba tomar infusiones; incluso, en ocasiones, le mentía a mi madre diciéndole que me dolía la barriga sólo para poder tomar una humeante taza de maría luisa. 


                               

      Nosotros íbamos al herbolario de la calle Claveguera. El recuerdo que tengo de esa tienda es que era de color marrón. El mobiliario marrón, las hierbas secas en tonos amarronados, el marrón del azúcar candi y de los caramelos de miel, el marrón de los palos de regaliz, la bata marrón del herbolario Sr. Emilio......y la poca luz que alumbraba el pequeño establecimiento, también convertía en marrón lo que no era.


                                


Azúcar candi....
....regaliz....
                                                 

....caramelos de miel...
...todo marrón
                     
             
     Los críos del barrio nos encontrábamos allí para comprar esas golosinas, y cuando llegaba la verbena de Sant Joan comprábamos también los petardos. Ese día había cola en la tienda y cerraba a altas horas de la noche, ya que según se nos iban gastando los petardos, volvíamos a por más. Nunca he sabido ver la relación entre hierbas y petardos para que los despacharan en la misma tienda.



Estos petardos son los que me 
compraba yo
Las bombetas también
me divertían


         De modo que los niños visitábamos el herbolario con la misma frecuencia que los adultos, o incluso más.

       Otra cosa que comprábamos allí eran los gusanos de seda. Debían ser los únicos animales que se compraban, ya que no recuerdo haber visto tiendas donde vendieran animales cuando era niña. Por lo menos en mi barrio. Cuando alguien tenía un perro o un gato es porque algún vecino o conocido quería deshacerse de los cachorros que su propio animal había parido, y se lo había regalado.


      De modo que cuando llegaba la primavera, nos acercábamos al herbolario del Sr. Emilio a comprar gusanos y morera para alimentarlos.

     Al llegar a casa cogíamos una caja de zapatos, le hacíamos agujeros en la tapa, y los acomodábamos encima de las hojas de morera.
                    
                                              
     Podíamos pasarnos horas observando la voracidad de los gusanos al comer las hojas, cómo empezaban con una e iba desapareciendo ante nuestros ojos. Día a día los pequeños gusanos iban creciendo de tamaño y engordando. Siempre había alguno que se quedaba más rezagado en su crecimiento y acababa muriendo...


                                            
    De tanto en tanto, mi hermano Juanito y mi hermana Julia los cogían con mucho cuidado (nunca fui capaz de tocarlos, y creo que ahora tampoco), los sacaban junto con las hojas y los colocaban en la tapa mientras volcaban la caja en el cubo de basura para limpiarla de las cagadas que llenaban el pequeño habitáculo.

     Cada día, al llegar del colegio, abríamos la caja para ver si habían empezado a hacer los capullos. Los primeros en empezar se cogían los mejores rincones, claro, las esquinas de la caja. Los últimos se tenían que conformar, casi siempre, con hacerlo en la misma tapa. Muchas veces costaba abrir la tapa ya que la seda estaba enganchada en las dos partes, y había que hacerlo con  mucho cuidado para no desenganchar el capullo.

                                              
    Me gustaba observar el movimiento contorsionista de los gusanos dentro de los capullos mientras se iban encerrando, y éstos adquirían un color cada vez más amarillento a medida que espesaban. 


                                    
    Yo tenía la esperanza de que algún día saliese una mariposa de grandes alas, preciosa y de colores, como las que veía en el campo...... aunque, en el fondo, sabía que todas iban a ser de color grisáceo, con alas cortas, feas antenas y que  parecía que ni siquiera volaban.


                                        
    Una vez puestos los innumerables huevos, las desdichadas mariposas morían, y la caja de zapatos se colocaba encima de un armario a la espera de que al próximo año nacieran nuevos gusanos.

     Cosa que  nunca ocurría, ya que mi madre tiraba la caja de zapatos a la basura en cuanto nos habíamos olvidado de ella.

     Y al año siguiente volvíamos al herbolario a por más gusanos.







Fotos tomadas de internet






      





martes, 24 de julio de 2012

LAS ESCALERAS....


El título del blog hace referencia a las primeras entradas que hice, pero continúo con el mismo como homenaje a mi familia y mi barrio, aunque las próximas no tengan nada que ver con el tema, o sí.


     
     Que los niños sientan miedo es algo bastante habitual. Yo lo tenía a lo irracional, lo sobrenatural, a lo que no tiene explicación lógica o científica. En definitiva, a lo desconocido.


     Hubiera sido más fácil tener miedo a cosas reales, como por ejemplo... no sé.... ¡una rata saliendo de una cloaca! Se le puede dar un escobazo y acabar con ella. Pero eso más bien me daba curiosidad. Y luego estaba el morbo de explicarlo: "¡He visto una rata así de grande!" o "¡He visto una rata grande como un conejo!", y es que esta expresión exagerada, la del conejo, siempre es bien recibida por el que te escucha, por mucha cara de asco que ponga.

No ha visto una rata, ha visto los
números de la economía española


     O a las arañas, que me sobresaltaban al descubrirlas (ahora también), pero que me atrevía a matarlas, no sin antes escudriñarlas  bien para ver cuán largas  o peludas eran sus patas.

     Pero lo que me daba mucho, mucho miedo, era subir sola las escaleras de mi casa, y eso que vivía en un primer piso, aunque realmente era un segundo porque había un principal. ¡Qué alivio me entraba cuando coincidía con algún vecino! Pero la mayoría de las veces no era así, claro. Se me aceleraba el corazón y las subía de dos en dos, siempre mirando atrás de reojo y rogando que el muerto que había regresado del más allá diese un traspiés provocándole  el consiguiente retraso, y apareciera cuando yo había traspasado ya el umbral de la puerta de mi casa. Ayudaba el hecho de que no había luz en la escalera, siempre en penumbra y con recovecos en los que cabía perfectamente ese ser tenebroso. 

No me digáis que no asusta...

    Pero la escalera que más miedo me daba  era la de mi tía Dorín, en la calle Tantarantana, ya que era mucho más grande que la mía.  Vivía en el 5º piso y cuando llegaba al portal daba cinco golpes al picaporte con todas la fuerza con que era capaz, y esperaba que mi tía se asomase al balcón para decirle "¡Tieta, que voy a subir!", lo cual quería decir que se asomara al hueco de la escalera para que yo pudiera verla mientras subía. No siempre era así, no sé si se le quemaba la comida o pasaba de mí. Más bien esto último, en esa época no había mucha sensibilidad con el tema de los miedos en los niños.


      En cada rellano había un hueco a la derecha y otro a la izquierda, ambos con dos puertas ¡esos temibles huecos! Cuando conseguía pasar un rellano y me disponía a subir el siguiente, completamente rodeada de oscuridad, ya me asaltaba la certeza de que sería ahí donde estaba "escondido" el zombie (bueno, esa palabra la aprendí después). Después, para bajarlas, iba tan rápida que estaba casi segura de que no me atraparía.

      La pregunta más escuchada era ésta "Pero, vamos a ver ¿de qué tienes miedo?" y ¿Qué les iba a decir? ¿Que tenía miedo de un muerto cuando no había visto ninguno y no sabía ni cómo eran?. La respuesta era "Pues... yo que sé..."


     Los vampiros, que también pertenecían a esa especie de los ni vivos ni muertos, me daban pavor, sobre todo desde que había visto la película muda del año 1922 "Nosferatus". Terrorífica la escena en la que se ve su sombra subiendo las escaleras muuuuy despacio para no despertar a la doncella que duerme arriba y a la que quiere morderle la yugular.


¡¡¡¡¡AAAAAHHHHHH!!!!!


      No recuerdo haber visto en el cine una escena que me pusiera los pelos más de punta que ésa.


    Según la película que emitían por televisión en "Sesión de tarde" los sábados, así pasaba yo la semana siguiente.Recuerdo haber visto una en la que un reptil  enorme se adueñaba de las calles de una ciudad rompiendo edificios a colazos, y devorando personas que luchaban por escapar de sus fauces moviendo sus piernecitas frenéticamente hasta que con un movimiento de cabeza el monstruo se los tragaba enteros. Me pasé la semana angustiada por las noches en mi cama imaginándome que el bicho aparecería en cualquier momento atravesando la pared de mi habitación y zampándose a toda mi familia dejándome a mí como postre.


¡Bon profit!

    Luego llegó "Historias para no dormir". En mi casa nadie ponía dos rombos para ver la tele, así que yo veía esas historias, muchas veces terroríficas, que conseguían que el título de la serie cobrara sentido.


     "La zarpa", cuya trama se basaba en un  amuleto maldito, y "El caso del Sr. Valdemar", que trata sobre la hipnosis a un muerto, consiguieron dejarme varias noches en vela. En esa época compartía cama con mi hermana Julia, a la que de vez en cuando tocaba para verificar que no se estuviese descomponiendo como el personaje de esa historia de Ibáñez Serrador.


Este actor, Narciso Ibañez Menta,
 trabajaba "de miedo"

     No sé si cuando nacemos nos marcan con un sello invisible en la frente que dice "Miedosa para toda la vida", pero los miedos no te abandonan nunca, aunque van cambiando con la edad.  De todos modos  sigue dándome, digámosle incomodidad, el quedarme a oscuras. Para dormir me gusta notar algo de claridad, y poder ver la silueta de mi mano me da tranquilidad.


     Pero hay algo a lo que no le acabo de perder el miedo. Es cuando voy a un restaurante o a una cafetería y pregunto dónde están los servicios y me dicen la temida palabra "¡ABAJO!". 


      Me dice una de mis acompañantes, que casi siempre suele ser mi hermana, "¿Te acompaño?", y yo en un arrebato de valentía y coraje le contesto "No, si no hace falta...", cuando en realidad estoy deseando que venga conmigo.


    Y ahí viene cuando la matan, a medida que voy bajando la escalera, las voces del público congregado en el local van disminuyendo, disminuyendo, disminuyendo... hasta que llego ABAJO donde no se oye prácticamente nada, es como entrar en otra dimensión. Ya podía estar mi piso así de insonorizado y me libraría de oír a las dos o las tres de la madrugada las peleas de mis vecinos de arriba. 


      Una vez allí y confiando en que esté el baño a rebosar de mujeres, se confirman mis temores de que no hay un alma ¿Dónde están las mujeres? ¡Si todo el mundo sabe que somos unas expertas en hacer colas en el WC!


     Me esfuerzo por oír el pequeño murmullo que viene de arriba y me digo que no estoy sola y que si grito me oirán, así que cuando he acabado y me lavo las manos, no me entretengo ni en secármelas, ya que el aparato hace un ruido de mil demonios y podría ahogar mis posibles peticiones de socorro. Subo la escalera, con las manos mojadas, como alma que lleva al diablo, siempre mirando atrás y por fin llego al deseado y tranquilizador ruido de conversaciones de los comensales. ¡Ufff! ya puedo respirar tranquila....


    ¿Porqué tiene que estar siempre el WC  en el piso de abajo?


     
     


     


      



martes, 8 de mayo de 2012

52 - EL FINAL DE LOS RECUERDOS

   

         En septiembre de 1973 mis padres celebraron sus Bodas de Plata, 25 años de casados que a mí me parecía muchísimo tiempo, pero que a ellos, seguramente, como también me ocurrió a mí mucho después, les había pasado en un plis-plas.


     Recuerdo que cuando yo tenía unos 10 años, y mi madre me decía que el juego de café que había en casa era de cuando se casó, yo me asombraba "¡Hala! de cuando te casaste, cuánto tiempo...", cuando en realidad sólo había transcurrido 17 años. Que diferente es la percepción que tenemos del tiempo cuando somos críos...
        
      Vino toda la familia a casa para celebrarlo. Aún me pregunto cómo pudimos caber todos en mi casa. Mis hermanos Julia y Juanito, que habían ahorrado algo para ese día, les regalaron un álbum de fotos con música que tenía las tapas decoradas con dibujos chinos, y un trípode para la cámara fotográfica de mi padre. Mi padre le trajo a mi madre un gran ramo de flores.


Mi padre y mi madre, con el ramo
de flores

         Mi padre, que no tenía carnet de conducir, se apuntó a una academia para sacárselo. Cuando lo tuvo se compró un Seat 133, de color rojo, y cuando salía del trabajo, a veces venía a recogerme a mí del mío.

El flamante 133 de mi padre

     Entonces trabajaba yo en la calle Hurtado, más arriba de Balmes, en una pequeña empresa de reclamos publicitarios, tan pequeña que solo estábamos el dueño y yo. Los clientes encargaban bolígrafos, calendarios, ceniceros, encendedores...todo con el logo de su empresa. Estuve poco tiempo porque me casé y tuve que marcharme, ya que mi jefe no quería trabajadoras con responsabilidades hogareñas.


        Por esa época murió Franco, y mi padre decía que ya era hora, que antes se tenía que haber muerto. 


Yo, en esos tiempos

      Mi tía Aurora y mi tío Pepito deseaban ser padres, pero mi tía, cuando lograba quedarse embarazada, al poco tiempo abortaba.


      Así pasaron varios años hasta que por fin, cuando tenía algo más de 40 años, consiguió pasar los primeros meses más delicados, y tuvo un niño, mi primo David.


Mis tíos Pepito y Aurora,
 con su hijo David
Mi tío se parecía
a Richard Dreyfuss

       Como nosotros vivíamos en el piso de encima, mi primo David casi siempre estaba en casa, y era un niño caprichoso y mimado por todos. 


      Era un virtuoso del olfato, tenía la manía de olerlo todo, y cuando mi madre cocinaba algo que le gustaba se asomaba a la ventana de su cocina y llamaba: "Tietaaa, huelo a macarrones ¿Puedo subir?", y ¡hala, para arriba que subía!

David con mi hermana Gemma

Esa chichonera la llevó más tarde
mi hijo Jordi

         Unos cuatro años más tarde, mis padres solicitaron un piso de protección oficial de los que habían construído en Barberá del Vallés, en el polígono Ciudad Badía (ahora Badía del Vallés). Mi tío Pepito también lo solicitó.

    Sólo mis padres tuvieron la suerte de que se lo concedieran, por lo que al poco tiempo se trasladaron a vivir allí.


Mis padres, en los años 70

    Mis tíos, sobre todo mi tía Aurora, se llevó un gran disgusto, porque se encontró muy sola sin nosotros. Le costó habituarse a no subir a casa cada día, y que nosotros no fuéramos a la suya. Aún recuerda, pobre tieta, lo mal que lo pasó.


    Para entonces, los tres hijos mayores ya nos habíamos casado y quedaba en casa la pequeña, Gemma. Como la mudanza se hizo a mitad de curso, siguió yendo a Barcelona a estudiar, y al curso siguiente se matriculó en Badía.


        A pesar de la mala fama (muchas veces injustificada, porque en todas partes cuecen habas) que ha tenido Badía del Vallés, lo cierto es que mi madre estaba encantada con su piso nuevo, que tenía ascensor y entraba el sol desde la mañana hasta la noche, ya que se había pasado la mitad de su vida con la luz encendida todo el día en el piso de Jaume Giralt.


Esta foto se hizo desde su balcón, 
en el piso 10º

      Tenía un gran comedor donde nos juntábamos toda la familia cuando  ya tuvimos a nuestros hijos. 


Mi hermana Gemma, 
con mi hijo Jordi

Mi hermana Gemma con cinco de
sus sobrinos,Jordi, Marc, Germán,
 Miriam y Marta


     Tenía un soleado balcón donde mi padre tenía sus macetas y sus jaulas con pájaros, que le gustaba criar, aunque tenían a mi madre aburrida porque lo ponían todo perdido. Pero mi padre se entretenía con ello.


Las plantas...

...y los pájaros

    Al poco tiempo de vivir allí, le diagnosticaron a mi padre una anemia aplásica, por lo que tuvo que dejar de trabajar. Siguieron unos años en los que además de medicarse, pasaba estancias en el hospital, donde le hacían transfusiones de sangre, y entonces cogía fuerzas para una temporada.


Mis padres

     Estando enfermo, un día nos confesó algo a sus hijos. Dijo que cuando tenía 18 años se juntó con malas compañías, y le convencieron para entrar una noche a robar en una tienda de la calle Sant Pere més Baix. Les pillaron, y pasaron unos meses en la cárcel. Estando mi padre preso, murió su madre (recuerdo que esto lo dijo moviendo la cabeza apesadumbrado y dolido...mordiéndose el labio inferior). Siempre se había arrepentido de ese mal momento, y cuando nos lo contó se quitó una gran carga de encima. 


     Mi hermana Julia, siempre tan comprensiva y cariñosa con mi padre, le quitó hierro al asunto diciéndole que aquéllos eran tiempos muy difíciles y había hambre, y además era casi un crío.


     Mi padre, después de este episodio, jamás volvió a coger nada que no fuera suyo.


       El 12 de Octubre de 1991 falleció mi padre, con 68 años, a causa de complicaciones causadas por su enfermedad. Estaba yo embarazada de mi tercer hijo, Anna, y al cabo de un año, mi hermana Gemma tuvo a su única hija, Alba. No las conoció, ni tampoco a sus bisnietos Martí, Júlia, Eirin y Ariadna.


     Pero sí que pudo disfrutar de sus nietos, Jordi, Marc, Miriam, Germán y Marta.
        
Mis padres con sus tres 
primeros nietos

        Mi madre, con 87 años, vive con mi hermana Julia y el marido de ésta en Barberá del Vallés. Dice, que a pesar de las penalidades que ha pasado en su infancia y su juventud, ahora tiene la suerte de estar muy bien cuidada, y tiene razón, mi hermana se desvive por que no le falte de nada.

Mi madre con sus cuatro hijos, Julia,
yo, Juanito y Gemma

         Nos faltó tiempo para preguntarle a mi padre tantas cosas...sobre nuestra familia, nuestro barrio y nuestra querida ciudad, Barcelona.

       Y hasta aquí han llegado los recuerdos, de una familia sencilla, trabajadora y unida, sobre todo, muy unida.

viernes, 4 de mayo de 2012

51 - FARMACIA PUJOL ( y IV)


    El cajero, que se encargaba de los pagos a los proveedores y al personal, era el Sr. Gambús, que tenía un despacho propio donde estaba la caja fuerte. Sus estornudos eran famosos, porque se oían en todos los rincones, traspasaban muros, puertas y ventanas. Alguna vez, desde mi centralita, le había hecho una llamadita para decirle "¡Jesús!".


    Era una persona algo maniática e hipocondríaca, que después de darle la mano a alguien se las lavaba, y siempre tenía a mano un trapo para limpiar el teléfono si lo usaba otra persona que no fuera él. A veces, según quien fuese el que salía de su oficina, echaba un líquido desinfectante con un pulverizador, sobre todo si la persona en cuestión había estornudado un par de veces.


       Siempre decía que él, cuando llegaba a casa, quería ver a su mujer bien arreglada, bien vestida y bien maquillada. Yo siempre me imaginaba a la pobre, limpiando, cocinando, lavando, a toda prisa, para que, cinco minutos antes de que llegara su marido, le diera tiempo a estar guapa.


       Cada mes me daba las nóminas del personal para que las pasara a máquina, por lo que yo sabía lo que cobraba todo el mundo. A veces, venía Nuria, y me decía con complicidad "A ver la nómina de fulanito..." Yo entré a trabajar cobrando 3.800 ptas. al mes, y al poco tiempo me subieron 400 ptas. de golpe ¡Más contenta que unas pascuas, estaba yo! Era el año 1971.


En una excursión a Montserrat con
los chicos de "Can Pujol". La morena
de oscuro es Nuria, y yo a su lado

       Había varias máquinas de escribir, ninguna de última generación, pero la que yo solía usar era una muy antigua, una verdadera reliquia en la que tenía que golpear con fuerza las teclas si quería que se marcaran en el papel, y en el momento en que iba un poco deprisa se apelotonaban las varillas de los caracteres, y las tenía que separar poniéndome los dedos perdidos de tinta.



Diría que era más antigua
que ésta

Y la calculadora, manual,
nada de electricidad ni pilas

          Uno de los contables, el Sr. Farré, comenzó a llamarme "My Lady", porque decía que le parecía una aristócrata inglesa, por la forma de llevar mi pelo en un moño alto con los rizos cayendo a los lados de la cara.


Mi única foto con el moño

    Pero los chicos de la oficina me llamaban "Momo", uniendo las dos primeras sílabas de mi nombre y mi apellido.

       Si nuestra compañera Montse, conoció a su novio por correspondencia, Nuria y yo conocimos a los nuestros hablando por teléfono. También nos casamos, pero algún tiempo después.

          Nuestro jefe, el Sr. Pujol, que me decía que estaba muy delgada y quería remediarlo, me aconsejó que tomara un reconstituyente que preparaban en la farmacia llamado "Herculeón Vitamínico", del que me regaló un frasco. Por supuesto, no dio resultado.


       La farmacia, el laboratorio, el centro de específicos, y la preciosa perfumería Pelayo, pertenecía a COBOSA, que eran las siglas de Comercial Bonnín, S.A., y el dueñísimo de todo era Gaspar Bonnín, que a veces hacía su aparición por allí. 


La fachada de la perfumería Pelayo

El interior

    También pertenecían a la firma la elegante cafetería "El Salón Rosa", y la pastelería "La Perla Mallorquina", ambas en Paseo de Gracia.



El Salón Rosa
     
         Un día, nuestros jefes, nos comunicaron que se cerraba la farmacia, la perfumería y el centro de específicos. Los empleados de mayor antigüedad acogieron la noticia de manera agridulce, por un lado, estaban cerca de la jubilación y cobraban una indemnización que les iba de perlas, pero por el otro, les daba pena el cierre después de tantos años allí, y que destruyeran la preciosa farmacia.


     Los más jóvenes encontraron enseguida empleo, y a mí me propusieron quedarme en la oficina ya que el Laboratorio Pelayo continuaba en marcha, así que me quedé.


      En el lugar de la farmacia pusieron una espantosa tienda llamada "El Edén de los pantalones", que ocupaba el espacio de la farmacia, la perfumería, y en la planta superior, lo que habían sido las oficinas. 1000 m2. rebosantes de pantalones. No duró demasiado tiempo, y el local ha ido cambiando continuamente de negocio.


       La oficina se trasladó al último piso de la misma escalera de la calle Pelayo, 56, y mi jefe seguía siendo el Sr. Pedro.


     Yo tenía que hacer múltiples viajes al laboratorio que seguía estando en la calle Tallers, 16, y para acortar el camino cruzaba por los almacenes El Siglo que también tenía salida en esa calle, en la planta inferior.


Lo que era El Siglo, es
actualmente C&A

        Después trasladaron la oficina a la calle Tallers. En el año 1975 cambié de empleo.


martes, 1 de mayo de 2012

50 - LA FARMACIA PUJOL (III) - EN LA OFICINA


     La recepción, con la centralita de teléfono que yo atendía, era paso del personal de oficina, almacén, laboratorio, farmacia...ya que todo se comunicaba a través de pasillos, por lo que casi todos hacían una paradita para hablar conmigo. 


Mi centralita era parecida a ésta,
 tenía cinco líneas

En la cabeza llevaba un artilugio
como éste


   Iba cogiendo las llamadas para desviarlas a las distintas extensiones, y mi frase más repetida era "Un momentito, por favor". Con tanto "Un momentito, por favor", un día se me debieron cruzar los cables de mi cabeza, o de mi lengua, y me equivoqué diciendo "Un momento, por favorito". La carcajada que solté cuando me dí cuenta...Como que aún me estoy riendo...

        Los sábados por la tarde estaba cerrada la oficina, pero no la farmacia, por lo que yo tenía que ir para atender la centralita. Pasaba por la farmacia para recoger la llave de la oficina, y cuando entraba en ella, iba encendiendo todas las luces a mi paso porque me moría de miedo de estar allí sola. Alguna vez, en lugar de entrar a la oficina por el portal, lo había hecho pasando por los pasillos que comunicaban con la farmacia, pero eso no me daba miedo ¡me daba terror! porque los sábados no trabajaba nadie en el almacén, y estaba todo oscuro y en silencio.

      Por esa tarde de sábado me daban fiesta cualquier tarde de la semana, y yo escogía el martes porque me iba con mi madre y mi tía Dorín al cine Palacio del Cinema.

Mi madre y yo,
detrás mi padre

       El Dr. Pipó y Esther eran los encargados de hacer los análisis clínicos de la farmacia, donde venían, sobre todo, mujeres para hacerse la prueba del embarazo, ya que entonces, no se solía vender el Predictor en las farmacias, como ahora. Se les hacía la prueba de Gravindex, o la de Galli-Mainini (la de las ranas). 

    También se hacían análisis de sangre para verificar los niveles de glucosa, colesterol, hemogramas completos, etc.


          Los analistas me entregaban los resultados, que yo tenía que pasar a máquina en unos impresos para ese fin.


El impreso de los análisis
(es de mi madre del año 1972)

Los resultados se entregaban en 
un sobre como éste

         El Dr. Pipó era muy simpático y me caía muy bien, tenía un bigote estilo Groucho Marx y un deje andaluz muy gracioso.


       Nuestro jefe en la oficina era el Sr. Pedro Gutiérrez, un señor a las puertas de la jubilación, si no las había traspasado ya, con un pequeño bigotito, y que siempre utilizaba un sombrero que cuidaba con esmero. Le gustaba contarnos chistes, pero ¡qué malos eran...! 


       El Sr. Pedro guardaba todo el material de oficina a buen recaudo. Cuando se nos acababa el bolígrafo y le pedíamos otro, él, con parsimonia, abría el cajón de su mesa y sacaba un montón de bolígrafos cogidos con una goma elástica. Era muy metódico, y cuando tenía que hacer un albarán que yo tenía que entregar en el almacén, me tenía que armar de paciencia, ya que hacía una letra tan recargolada y tan precisa, que tardaba un buen rato. Entre letra y letra descansaba para admirar su obra.


     Su esposa, que se llamaba Eutiquia, pero le gustaba que la llamaran Eti, me llamaba a veces a la centralita para hablar conmigo un rato, y me explicaba que habían ido al Liceo y las grandes compras que hacían. Yo no tuve claro hasta entonces, qué significaba la palabra "snob".


       Tuvieron, ya mayores, una sola hija, y cuando el Sr. Pedro salía de trabajar tenía que hacer los recados que su mujer y su hija, en casa todo el día, le mandaban llamándole varias veces por teléfono. Los sábados por la tarde, que libraba, venía igualmente a la oficina, creo que para librarse de ellas un rato. Me daba un poco de pena el Sr. Pedro.



    Un día de Dijous Gras (Día de la tortilla), quedamos todos los jóvenes en traer de casa un bocadillo de tortilla, e irnos a comérnoslo al Parc del Laberint de Horta. 


Bermejo (del almacén), con Montse,
y yo, arriba con la estatua
en el Laberint

   Como era de esperar, llegamos tarde a trabajar. Entramos silenciosos y casi de puntillas porque sabíamos que nos iba a caer una buena. El Sr. Pedro, simplemente nos echó una regañina, tremendamente serio, eso sí. Los chicos del almacén, que venían con nosotros, seguramente también aguantaron la bronca que les echaría su jefe.


       Al jefe de almacén, que era cuñado del Sr. Pujol, ya que estaba casado con una de sus hermanas, los chicos le llamaban, a sus espaldas, "Carpanta". Se ganó este apodo porque normalmente llevaba frutos secos u otros comestibles en los bolsillos, y siempre estaba masticando. Lo cierto es que no recuerdo su verdadero nombre.


Este Carpanta no comía nunca

        Uno de nuestros compañeros de oficina, apellidado Miranda, nos obsequiaba a las tres chicas con los bocadillos, casi siempre de tortilla, que le preparaba su madre para desayunar y que él, no sé porqué, no se comía. Así que después de comernos los nuestros, nos repartíamos el suyo. Si no teníamos hambre o no nos apetecía, al mediodía íbamos a la Pl. Catalunya y lo desmigábamos para las palomas.